Tercera Sesión,
28 de agosto de 2002,
9 a.m. a 1 p.m.
Caso 17. Testimonio
de la señora Alfonsa Utami Rojas
y a la señora
Margarita Aroni Izquierdo
Sofia Macher:
Vamos a llamar al penúltimo caso de
esta audiencia, a la señora Alfonsa Utami Rojas y a
la señora
Margarita Aroni Izquierdo. Nos ponemos de pie, por favor. Señora
Alfonsa Utami Rojas, y señora Margarita Aroni Izquierdo,
formulan ustedes promesa solemne de que su declaración
la hacen con honestidad y buena fe y que por tanto expresarán
sólo la verdad en relación a lo que nos van a
contar.
Gastón Garatea:
Señoras Alfonsa y Margarita,
vienen acá a rendir su testimonio y nosotros desde ahora
ya le damos las gracias, sabemos que esto es muy importante,
para que todo el Perú sepa y sobre todo Apurímac
se de cuenta de lo que ustedes han pasado y seamos solidarios
con el dolor de ustedes y sepamos reparar lo que les ha pasado.
Les pido pues que comiencen a dar su testimonio.
Alfonsa Utami: (traducción)
Mi esposo Felix Ayala Jangre.
Yo soy de Huayrapampa, distrito Lambrama, provincia de Abancay.
Señor dos años, mis hijos son ocho, hemos venido
aquí para educar a nuestros hijos, en mi pueblo los
profesores no están en esa tierra. Dos años antes
yo vine aquí siguiendo a mis hijos. Yo no sé leer
pero mis hijos, ya no sean así. Por eso, yo estuve aquí,
nuestro coca, nuestra comida, volvíamos a Hyarapampa,
a traer víveres para dar de comer a mis hijos.
En nuestra
tierra había, vivíamos tranquilos,
había para comer, mi marido nos daba la comida para
la casa. Entonces, dije que yo tenía que ir a Abancay
a llevar comida para mis hijos. Y mi marido no vino cuatro
días. Y ya casi una semana, volvió mi marido.
Trajo chanchitos ¿Qué has hecho hasta ahora?,
yo le dije, ¿por qué has tardado tanto?, y me
dijo, tú sabrías nomás, tu ya no me hubieras
encontrado. Hace rato hubiera muerto yo.
Y él lloró frente a mis hijos ¿Qué pasó papá?,
y él dijo que había una fiesta en Huayrapampa.
Yo siquiera una chichita llevaré a esa gente. Por eso
en la noche, en la noche habían venido los del ejército
y nos han amancuernado en la pampa de la escuela. Entonces,
yo me sentía muerto al perol llevaron agua y nos han
llevado allí, para meternos de cabeza, abajo y a la
iglesia también descavaron todo, sacaron todo. Y nos
han amancuernado. Al fin tú eres mujer, nos dijeron.
Entonces, tú vivirás con tus hijos.
Estabamos
un poco tranquilos con nuestros hijos. Entonces, viene doña Patricia Hurtado, para golpear a mi marido.
Con mi hermano tú me haces pelear. Le agarró de
la cabellera de frente y yo le dije ¿por qué haces
eso a mi marido?, ¿por qué vas a golpear así?
Había una piedra escabrosa, con eso le tiró.
Y mis vecinos y mis vecinas, nos ayudaron.
Entonces, yo mi
vecina cogió una raja de leña
para golpear a la gente que nos estaba golpeando. Esa tarde,
vinieron hombres de blanco, dijeron -vecina, somos vecinos-
Yo tenía un Pedro negro, -fuera perro, fuera perro-.
Yo estaba con mi pequeño hijo. Entonces, señor
-vístese, vístese rápido-.
Entonces, volvieron,
volvió. Mi casa era una especie
de carpa. Todavía no era casa bien hecha. A la vuelta
dijo, con tremendo cuchillo así que le puso al cuello.
Entonces, rápidamente lo esposaron. O llevamos a su
mujer, más. Había una chica más allí.
A su mujer, no.
Entonces, los chicos lloraron, -cállense chicos, qué les
pasa a ustedes-. Y yo estaba temblando. Yo soy pues mujer de
campo. Yo estoy asustada. Estaba temblando, estoy llorando.
Y cuando mi hijo lloraba, tapaba su boca para que no grite.
Nos van a matar cállate. Entonces, en toda la casa y
escuchaba sonidos de que, parece que pateaban mi marido.
Entonces,
habían llevado mi vecina. Y yo seguí.
Después, habían vuelto a llevar a Mario Condori.
Ahora ya de negro. Aparecieron de negro y yo fui hacia abajo
con mi pequeño hijo, tenía dos semanas. Yo estaba
un poco, todavía inválida, convaleciente ¿no?
Entonces, llegó otro más. Yo también seguí porque
se lo llevan a doña Lucía.
Entonces, ahí ¡tú vas a dormir en tu casa,
no te metas acá sino te matamos!. Entonces, tuve que
escaparme. Y yo tuve que seguir todavía. Pero nos amenazaban
con matarnos. Entonces, a doña Marga le dije -mamita
vamos a seguir a ellos. Esa noche vendrá pues. Estuvimos
esperando así que a la mañana siguiente llegó un
carro de la PIP, un carro negro. Estabamos en la carpa de la
Virgen del Rosario.
De ahí, de la Virgen del Rosario llevaron a mi marido.
Era una carpa de plástico nuestra casa. Mis hijos en
estos momentos lloran, yo quiero conocer a mi padre. No he
visto a ninguno de ellos. Esta sufriendo tanto, sin estar con
ellos. Sin ninguna culpa, sin ningún pecado nosotros.
Tanto andar, tanto llorar, pero mi marido y se lo llevaron.
Tengo
ocho hijos, conocen los abanquinos, haber trabajado en ese
tierra de mis hijos. Yo también, así ha
dejado mi marido a mis hijos. Ahora yo sola, yo sola ando de
hambre. Los ocho hijos dependen de mi. Esos hijos hasta ahora,
en estos momentos sin plata, sin comida, se salen, se van,
están en necesidad, no hay plata. Otro mi hijo, uno
de mis dos hijos o los dos se quieren volver locos, desesperados.
Mi pie me he roto en el mes de febrero, caminando, andando
por buscar comida para mis hijos.
Gracias, señor Presidente Toledo, dice ella. Ojalá que
haga algo para nosotros. Mis hijos me preguntan ¿dónde
está mi pare?, siquiera no puedo, no podemos sus huesos,
queremos verlos. Siquiera sus huesos. Porque mis hijos sufren
tanto por no ver a su padre y los quieren saber ¿dónde
esta mi padre?, queremos verlo. Por lo menos para estar tranquilos
en la vida. Cada día yo lloro. Comisión de la
Verdad, por favor señores, queremos saber, yo también
quiero el cariño de mis hijos, ellos también
quieren saber, yo también quiero, me conocen la gente
de mi pueblo. También Abancay sabe que soy tan pobre.
Juliana Aroni Izquierdo:
Mi nombre es Juliana Aroni Izquierdo,
soy de Huayrapampa de Lambrama, Abancay. Saludo a ustedes de
la Comisión de la Verdad, a los señores que están
presentes. A ellos saludo con mucha voluntad, pero queremos
que nos escuchen. Qué castigo hemos pasado el ochentiocho.
Nosotros hemos pasado un castigo terrible, nuestro pueblo,
era un pueblo olvidado, solamente los perros aullaban, los
gallos cantaban.
En el mes de junio, en mi casa yo estaba en
la casa, tenía
dos hijos, vinieron los soldados, trentiún soldados,
dos, tres de la mañana. Rodearon a mi casa. Tres entraron
a tocar a mi puerta, de la casa, diciendo compañera,
compañera. Yo salí, como tocaron, yo salí,
abrí. Estaban disfrazados con buzo. Me preguntaron ¿cuál
es tu nombre?, yo soy Marga de Juliana Aroni. Cuando yo dije
eso, ¿dónde está tu esposo?, mi marido
esta en Abancay, en una asamblea, así dije yo. Entonces,
preguntándome eso, salieron ellos, volvieron. Compañera,
volví a abrir. Aquí venimos más de cien.
Avisa tú ¿dónde está tu marido?,
este es un caserío, no sé si hay un camino alrededor
por ahí ¿Cuál es tu nombre?, ya te avisé.
Mi marido también, ya te avisé. Volví a
cerrar la puerta y salían otra vez, volvieron otra vez.
Así que mi hijo, ya puse mi espalda. ¿Dónde está tu marido?, y ya con mirar
con el arma, ¿dónde está tu marido?, contesta.
Me hicieron ver el arma. Papá por favor, les haré hervir
un aguita, pasé mi cocina, me siguieron ahí.
Prendí el fongón, frente al fogón hice
hervir el agua y les invité ¿Dónde vienen
papá ustedes?, ya tía a usted le visitamos, ustedes
pues saben muy bien que nosotros somos trabajadores. Como actuaron
así, los traté bien.
Y ya estaba amaneciendo.
Cerca de mi casa había más
de trentitantos soldados. Estaban con ojotas, con ponchos viejos.
Así que se fueron hacia Huayrapampa, así ha sido.
De allí volví yo a Abancay. En Suncho ya no alcancé al
carro, ya no me levantó el carro. Estoy esperando yo
el carro, ya el sol está entrando. La señora
Rita, de una tienda. Comadre no hay carro, no sé ¿cómo
haré?, ¿dónde voy?, haremos cena pues,
quédate acá.
Gracias comadre, soplo el fogón, entré al fogón
en eso alguien vestido tan suciamente, apareció con
arma. Entonces, a la señora Rita le hicieron llevar
a su tienda y yo estaba cerca al fogón ¿Tú eres
no, María Mondragón, no?, con un puñal
y ya apuntándome con puñal. Yo no soy María
Mondragón, yo soy Margarita Aroni, no sé por
qué milagro, tal vez Dios, haya mandado a Rita Martínez,
en esos momentos dijo que ella María Mondragón,
me hubieran matado allí con mis dos hijos. O a mí nomás.
Entonces, ya en la mañana me vine hacia Abancay, le
avisé a mi marido, esto me ha pasado. Ya no vamos allá.
Yo le avisé a mi marido que iba a haber una asamblea,
el ochentiocho, el venticinco de julio, tenía un cargo
en Huayrapampa, así que nos invitaron a nosotros, vamos.
El sobrino de mi marido, estaba de cargo. Vayamos allí,
acompañenos. En ese momento mi marido era teniente.
Oye Leonidas no te metas en eso, va a ser peligroso porque
parece que hay algo que no esta bien.
Así que no quisimos, así que él se vino
hacia Abancay y yo me quedé allí. Entonces, le
presioné a mi primo, ¿quién me va a cuidar
cuando yo tome mis tragos?, a Isaac, le dijo así. A
Isaac, le dijo su padre, a la vuelta de la calera tú regresas.
Ya eran las cinco, mi corazón me engañaba algo,
ya tarde fui hacia arriba. Hacia Huayrapampa, pregunté allí, ¿no
han visto a Isaac?, por favor.
Hace poquito han estado en la
carrera. Debe estar por allí y
ya casi en luna, noche de luna llegue allí, no sé porque
estaría allí. Por favor, ¿está Isaac
por allí?, si tía está acá. Pasa
tía, pasa. Llámamelo a Isaac, justamente ahí salió Isaac
y nos vinimos. Llegamos a la casa, dormimos, bajamos a Suncho
a las nueve de la mañana. Llegué nueve, diez
más o menos.
Pelé maíz en Suncho, así que mi hijo
ya había escuchado algún ruido, yo no había
escuchado, costado del río. Yo lavaba maíz en
el río, vino mi hijo, mamá, ¿no has escuchado
algo?, ¿qué cosa hay?, escucha pues mamá.
Hay ruido. Está reventando algo. Entonces, ¿qué hacemos?,
pasamos al frente. Ya eran varios en Huayrapampa, había
mucha gente allí. Vámonos hay que escaparnos,
vamos a Abancay.
No, no vayamos allá, ahí nos quedamos. Así que
el carro estaba ya lleno, el carro y no podíamos subir
allí. Entonces, y volvimos. Mi hijo me dijo -mamá,
nos vamos-. De todos modos subimos al carro. Mamita, prepáranos
comida, te vamos a comprar. Ventisiete, ventiocho, estaba yo
vendiendo. Vi en la ladera bajando a mucha gente, a Bacilio
Utami, lo estaban trayendo.
Nos asustamos. Entonces, hijo ¿qué hacemos?,
en eso ya llegan los soldados y nos obligan a ir a la plaza,
a la pampa. Oye, concha tu madre, yo te he visto ayer. Ahora
estás acá, ya yo te vi ayer. Ahora estás
acá. Tu eres terruco, carajo. Yo no soy señor
terrorista. He venido de Abancay, yo estoy trabajando en la
carretera. Así que a mi hijo más, me hicieron
pasar ahí. Nos hicieron llegar así a la posta,
hacia la pared nos colocaron, quietos allí.
Habían varios tapados con ponchos, los que iban a desaparecer.
No se les veía la cara ¿Qué cosa estás
mirando tú?, ya no pude mirar, estaba con mi hijito.
Y llevaron hacia detrás de la posta y empezaron a golpear.
Mi hijo tenía una credencial en el bolsillo de la base
de Chincha, hace poco había llegado de allí.
Era menor de edad, tenía catorce años. De ahí le
habían dado un pase, un pase. Con eso él se salvó.
De ahí nos hicieron llegar hacia esos señores,
así descalzos. Hasta hoy día no veo a esa gente
ya. Ni que habrá pasado con ellos. Entonces, yo avisé a
mi marido que ya no voy allí. Aquí estamos, estamos
en mes setiembre, estamos trabajando tranquilos, ahí llegó veintiuno
setiembre, en la madrugada, a las doce de la noche, el perro
ladraba y mi marido despertó. Y me estaba haciendo despertar
a mi. Y dijo, a mi no me están sacando, ¿quiénes
serán ellos?, primero ponte el poncho y vete hacia el
papal, pásate allí, ocúltate allí.
Ahí ocúltense. Y mi esposo me dice, ¿qué culpa
tengo yo?, ¿por qué voy a temer yo?, yo estoy
acá, tengo mis documentos, no hay problema.
Así que, ¿aquí vive Mario Condori?, sí aquí estoy.
Me vas acompañar. Inmediatamente lo esposaron y yo llorando
con mi hijo, seis meses, de seis meses ¿Tú también
quieres desaparecer?, ¿tú también estás
en la lista?, cuidado, me golpearon.
Mis hijitos gritaron,
yo también me caí, me
patearon. Mis hijos lloraban. Yo que no sé castellano,
nada, ¿adónde van a llevar a mi marido?, ya vienes
en la mañana. Teníamos una carpita de plásticos
con sogas extendidas, allí vivíamos nosotros.
En la mañana fuimos a la PIP, nadie había en
la PIP, nadie daba razón, ¿dónde estará tu
marido?, ¿adónde se habrá ido?, no sabemos
nada.
Volví a la PIP, igual. A la Fiscalía, fui, ya
tu marido, ya se ha ido en libertad ¿Eres Felix Ayala,
Mario Condori salió?, ¿no?, aquí está.
Así nos dijeron. Haber dígame señor por
favor, ha firmado mi marido, quiero ver su firma, porque yo
conozco. Y efectivamente estaba la firma de mi marido. Entonces,
firmando ¿adónde hubiera ido en esta ciudad de
Abancay?, acaso montes hay, en venticuatro horas para que desaparezca
un hombre. Por más poderosos que sean ellos. Han desaparecido
a un hombre como si no fuesen cristianos. Lo han desaparecido.
Acaso va caminar yo, no es ganado pa que lo degüellen.
Ahora lloran tanto mis hijos, yo trabajo, ahora por mis hijos,
tengo que dar educación a mis hijos. La chacra falta
trabajar, que alguien le de cariño a mis hijos. Que
nos avisen pues, ¿dónde está?, si son
ellos máxima autoridad, ¿qué cosa vamos
hacer nosotros?, ¿qué podemos más?, yo
soy pollera, de ojota, ¿por qué nos abusan así?,
cuál educación, ¿qué cosa ya vamos
a hacer con ellos? Si nosotros no podemos, nosotros queremos
que nuestros hijos estén con nosotros hasta que estemos
viejitos.
Si Dios, quiere que los hijos esté con sus padres,
ahí murió mi hijo, al mes siguiente murió,
yo estaba todavía en el atado mi hijo. Y murió allí.
Quizás de pena. Así que en la Fiscalía
me dijeron ¿qué cosa buscas tú?, total
quemado esta tu marido, esta ya desaparecido, si tú más
quieres desaparecer, métete pues, vete mejor a cuidar
tu hijo. Por eso yo un poco dejé, pasé una denuncia
a Derechos Humanos.
Y no fui a ningún sitio de justicia. Esa vez estaba
Alfredo Pozo, Fany Vivanco, allí se ha ido ellos. Ellos
también han hecho la denuncia correspondiente. Eso pasó,
pasaron dos meses, tres meses, mi hijita Amparo Condori, fue
al Cusco, estaba en Cunyac. Cunyac es espacio entre Cusco y
Apurímac.
Ajá, tú eres terruca ¿no?, a mi hijita
la han agarrado allí, ocho días. No sabía,
a los días yo supe de eso. Dice que esta mi hija Amparo
Condori, yo soy su madre. A su padre también han desaparecido, ¿por
qué a mi hija más?, a mi hija más no pues.
No me dieron razón, después me dijeron, por favor
denme mi hija. Después pasaron dos semanas, otra vez
a mi hija. Después quince días. Tu hija había
tenido un plano, tenía un mapa, como una hijita de doce,
trece años, hubiera hecho eso del mapa.
Quién sabe si a mi hija, la han violado. Así que
yo llorando estuve en la PIP, suelten a mi hija. Ahí escuché tremendo
griteríos de hombres adentro, ¿quiénes
serían?, ya casi para morir, gritaban, lloraban. Uno
de ello, un guardia me dijo, un policia me dijo señora ¿de
qué lloras tú?, está mi hija adentro.
No llores, yo voy a conversar al capitán. Voy a ir,
tráeme una gallinita. He llevado una gallina. Pero anda
vete nomás. No, hasta que mi hija salga yo estoy acá,
yo me quedo.
Me iré con ella. A las ocho de la noche soltaron a
mi hija. Hasta ese extremo, ocultando, antes a mi marido, a
su padre, ¿dónde esta pues?, ¿dónde
estaba la justicia?, pues señor. Diez hombres en ese
paso de Huayrapampa, tantos hijos han dejado solos, todo el
mundo llorando, arrastrando la tierra. Acaso me han dicho, ¡acá está tu
marido!. Acá esta tu marido, ha muerto, le hemos desaparecido,
no me ha dicho nada. Ruego a ustedes señores, esa fosa
común pues, en Santa Rosa, no sé, en qué partes
más usted buscarán pues, Por lo menos quisiéramos
saber , siquiera los huesos queremos ver. O por lo menos con
una vela iremos pues a prenderle ahí.
Dos de Huayrapampa,
había muerto un militar y un subversivo.
Dos señoras, estaban encarceladas y dos también
varones, encarcelados. Casi toda la comunidad han sido torturados.
Nosotros queremos ante Fiscalía de Cusco, de Lima, estará pues
nuestro nombre seguramente. Por eso quisiéramos pedir
por favor pues señores, para estar tranquilos nosotros,
para quedar en paz nosotros, hágannos anular pues esas
cosas, nuestros nombres pa no estar en problemas. Que no seamos
más perseguidos, por favor. Esta nuestro nombre ahí.
No estamos tranquilos, vivimos en infelicidad. Ya pues que
nuestros hijos, no lloren más, así tanto como
lloraban cuando se perdió su padre. Que ya no pues por
nosotros más. Nosotros queremos las viudas, una pensión
de nuestro marido, ¿con qué vamos a vivir pues
ya que estamos envejeciendo ahora?, ¿con qué vamos
a defendernos? Nuestros hijos, también sin trabajo.
De repente si viviera nuestro marido pues, por lo menos nos
defenderíamos.
Gastón Garatea:
Muchas gracias por sus testimonios.
Juliana Aroni I.:
Gracias señores.
Gastón Garatea:
De verdad nos hacen ver una realidad
dura y esa realidad tan terrible de que quienes nos deberían
defender, son los que nos han atacado. Entonces, muchas veces
ustedes han experimentado el desvalimiento, no han sabido en
quién confiar, cuando deberíamos tener un estado
que les de seguridad a uno. Nosotros vamos a hacer lo posible
por recordar a sus esposos, por buscar sus restos, por llevarles
algún consuelo, porque eso es justicia entre nosotros.
Muchas gracias.
Caso 12 Caso
13 Caso
14 Caso
15 Caso
16 Caso
17 Caso
18


|